Renovar el acceso a lo religioso

El debate abierto en torno al nuevo sistema competencial y, en concreto, en torno a la existencia o no de una competencia espiritual, constituye una oportunidad para mejorar nuestra tarea. “Debemos utilizar razonablemente los métodos modernos para hacer accesible y comprensible la voz del Señor[1]. En este sentido, podemos ver en el cultivo de la interioridad, en la educación de la inteligencia espiritual, un renovado método de acceso a lo religioso.

Con cierta frecuencia se asocia el fenómeno religioso a las experiencias paranormales, como si lo divino debiera vincularse a lo extra-racional o raro. Otras veces se identifica la Religión con los fenómenos esotéricos. En contra de eso, podemos, desde las clases de Religión, fundar y precisar el fenómeno religioso en clave de experiencia creadora y de sentido. Presentando los presupuestos y principios de la experiencia humana en su apertura religiosa, utilizando la razón como vehículo para esta presentación.

Se trata de arraigar la religión en la existencia del hombre al que podemos definir como ser abierto, que sólo puede vivir y actuar, entender y disfrutar, desde la experiencia. En ese fondo emerge el fenómeno religioso. Desde esa experiencia podemos plantear el estudio del sentido de la Religión como fenómeno fundante y razonado.

Decíamos, al hablar de las dimensiones personales que el ser humano se mueve en un constante ir y venir entre el interior y el exterior, esta acción, este camino hacia dentro y hacia fuera queda reflejado en la propia etimología de la palabra experiencia. Cuando los primeros fenomenólogos alemanes hablaron de experiencia, acuñaron el término: ERFAHRUN, del verbo er fahren, que viene a significar “ir, hacer hacia fuera”. La experiencia religiosa es, por tanto, un hacer hacia fuera de Dios. Es un camino hacia dentro y hacia fuera, es el camino del mandala[2].

El primer objetivo de nuestra tarea educativa sería ayudar a nuestro alumnado a realizar ese camino de encuentro con su intimidad, en su interioridad, para conectar consigo mismo y prepararse para poder escuchar esa voz que resuena en el recinto más íntimo. Desde esa profundidad, podría ser capaz de penetrar con una óptica renovada en la estructura de la realidad exterior y vivir la realidad con más intensidad, ahondando hasta  los últimos niveles. Y desde ese “hondón”, podría dejar de vivir con los otros y aprender a vivir para los otros en un camino de historia compartida de futuro. La finalidad de esta educación en interioridad es por lo tanto, facilitar una experiencia de apertura, fluidez y donación.

Estamos de acuerdo con F. Torralba cuando distingue la inteligencia espiritual de la consciencia religiosa. La primera es la condición de posibilidad de la segunda. La creencia religiosa es una manifestación, un desarrollo de la inteligencia espiritual. La inteligencia espiritual es, pues, el peldaño anterior a la consciencia religiosa. Por ello, consideramos que sería importante cultivar esta inteligencia en nuestras clases de Religión. Pero avanzando con cautela, pues la propia etimología de la palabra “espíritu” muestra su gran volatilidad e inmaterialidad, y por tanto, la dificultad de integrarla y valorarla.

La fe implica un asunto de elección, de opción personal. Es una respuesta a la invitación divina por una decisión libre de la voluntad, que se realiza con la gracia de Dios. En efecto, en la respuesta de la fe la iniciativa es de Dios. Es Él quien hace posible la respuesta humana, es su gracia la que nos ilumina para que podamos percibir con claridad la Verdad y adherirnos a ella. La fe es, pues, un don, una gracia especial de Dios que nos permite acoger las verdades y promesas reveladas.

Sin embargo, la respuesta desde la fe no es posible sin el concurso libre y responsable del ser humano. El hombre siempre es libre de aceptar la invitación divina y por lo tanto de acoger el don de la fe, o de cerrarse a la acción de la gracia y rechazarlo. En la fe se da, pues, la misteriosa concurrencia de la acción de Dios y de la libertad humana.

La libertad humana la entendemos como don, posibilidad y tarea. El primer don es la vida, el segundo es poder vivir libremente. La libertad es una potencia que se puede hacer o no realidad; el ser humano puede vivir servilmente a pesar de poder vivir libremente. En otras palabras, el ser humano puede quedar atrofiado si no se educa. El ser libre requiere una tarea, un ejercicio, tensión, educación. Cuando educamos en libertad tratamos de desarrollar armónicamente todas las posibilidades; así, la educación de todas las dimensiones e inteligencias humanas es el mejor vehículo para alcanzar la libertad. En este sentido, la formación religiosa es una exigencia imprescindible, ya que funda, desarrolla y completa la acción educadora de la escuela.[3]

En nuestras clases, la educación de la inteligencia espiritual no debe confundirse, ni identificarse sin más con la iniciación a la fe. Debemos tener en cuenta que la vida espiritual es la condición de posibilidad de la experiencia religiosa, estética y ética. De ahí la importancia de cultivar y educar esta dimensión espiritual o interior en nuestro alumnado, porque es el escalón previo a la consciencia religiosa. La educación de la dimensión espiritual contribuye a la construcción de esa libertad responsable que es necesaria para elegir una opción de vida, para articular una respuesta (de acogida o rechazo) ante la invitación divina. Por ello podemos llegar a afirmar que la creencia es una cuestión de voluntad, pero también de inteligencia.

Entendemos esta formación en clave de proceso, es un itinerario. Lo que proponemos es diseñar estrategias pedagógicas que fomenten, que creen situaciones de aprendizaje espiritual.  La inteligencia espiritual posibilita dos movimientos en el ser humano: el despertar y la apertura. Pasos previos y necesarios para llegar a un tercer y cuarto paso, propios de la experiencia religiosa que son el encuentro y la acogida.

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[1] JOSEPH RAZITNGER (Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe): la Nueva Evangelización. Conferencia pronunciada en el Congreso de catequistas y profesores de religión. Roma, 10-XII-2000.

[2] La palabra sánscrita “mandala” designa una imagen organizada alrededor de un punto central. Es una manifestación simbólica de la psique humana. El ser humano ha creado imágenes centradas en todos los tiempos y en todos los lugares del planeta: decoración de utensilios prácticos y rituales, planos de templos y ciudades, etc. Siempre desean expresar la belleza, el equilibrio, la perfección, el movimiento de la vida. Los mandalas en las religiones se utilizan como representaciones de esa búsqueda del mundo interior, se busca recuperar la estabilidad interior para salir fuera.

[3] ORIENTACIONES PASTORALES SOBRE LA ENSEÑANZA RELIGIOSA ESCOLAR. SU LEGITIMIDAD, CARÁCTER PROPIO Y CONTENIDO. Comisión Episcopal de Enseñanza y catequesis.

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