Proceso educativo e implicación personal

Todas estas habilidades que exponemos en el artículo anterior sobre La aplicabilidad de la inteligencia espiritual, constituyen todo un proceso personal con distintas etapas que transcurren desde el despertar y la apertura hasta el encuentro y la acogida:

  1. El ser humano es un ser-en-el-mundo que es capaz de distanciarse y preguntarse por el mundo exterior, por su propio interior y por los demás. Todo ello le genera el asombro, la sorpresa de vivir, de saberse vivo. Surgen las preguntas trascendentales: ¿Quién soy? ¿Por qué?
  2. Descubre un gran abanico de respuestas filosóficas, religiosas, etc.
  3. Puede llegar a captar el gran Misterio que late en la realidad de las cosas.
  4. Y, por último, puede llegar al encuentro con esta realidad que descubre como anterior y superior a él, a este encuentro y acogida de Dios que transformará su vida interior y exterior.

 Las etapas de esta evolución o desarrollo personal constituyen el eje vertebrador de las aplicaciones prácticas que iremos proponiendo en los siguientes números de esta publicación.

Nos enamoramos del producto y no del proceso. Estamos obsesionados por la rentabilidad educativa y creamos pocos tiempos y espacios de auténtico crecimiento personal. Los valores como la rapidez o la eficacia son valores que están en alza, que difícilmente pueden hacerse compatibles con otros como la meditación, la serenidad, el silencio o la oración. Esta obsesión por la rentabilidad tiene graves efectos en el proceso formativo del educando, pues la ausencia de dicha experiencia interior le incapacita para desarrollar lenguajes y preguntas propiamente humanas. En este marco ambiental, es fundamental reivindicar la cultura del alma y su eminente valor formativo y configurador.

Con todo ello, pensamos que hay dos claves básicas que impulsan nuestra tarea como profesores:

  1. Tener clara la finalidad de nuestra acción educativa: educar personas para transformar  el mundo en un lugar más justo y humanizado.
  2. Convertir las dificultades en retos educativos que agudicen nuestro ingenio y nos hagan ser mejores educadores. 

Todo este proceso de educación y transformación empieza en nosotros mismos, como profesores. Profundizar en nuestra propia formación y cultivo espiritual nos hará mejorar en nuestra misión y nos ayudará a no perder el ENTUSIASMO que un día nos llevó a iniciar este camino. El entusiasmo es acción y transformación, la reconciliación entre uno mismo y los hechos. La persona entusiasta cree en su capacidad de transformar las cosas, cree en sí misma, en los demás, en la fuerza que tiene para transformar el mundo y su propia realidad.

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