Introducción teórica

“Silencio y palabra son elementos esenciales e integrantes de la acción comunicativa de la Iglesia, para un renovado anuncio de Cristo en el mundo contemporáneo” 
(Benedicto XVI. Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 2012)

En anteriores propuestas nos hemos detenido en el cultivo y desarrollo de la experiencia y pedagogía del silencio, la contemplación estética, etc; ahora corresponde tratar de profundizar en la experiencia y pedagogía de la palabra.A lo largo del curso vamos presentando una serie de reflexiones teóricas y propuestas prácticas para el aula sobre la oportunidad educativa que la inteligencia espiritual proporciona a la Enseñanza Religiosa Escolar. En este recorrido planteamos desarrollar una serie de habilidades que capacitan a nuestro alumnado para experimentar todo un proceso personal con distintas etapas que transcurren desde el despertar y la apertura hasta el encuentro y la acogida.

En esta nueva experiencia para educar la dimensión espiritual en la clase de religión, proponemos algunas reflexiones y estrategias para ayudar a nuestros alumnos a encontrar en la palabra, la manera de ordenar y nombrar las experiencias interiores que han ido descubriendo a los largo de este recorrido, a comunicar sus más hondos sentimientos, pensamientos y anhelos.

La persona, ser de palabra

El ser humano es un ser-en-el-mundo que es capaz de distanciarse respecto de las cosas y mirarlas desde fuera. Se convierte, de este modo, en sujeto que logra superar la identificación inmediata con la realidad y toma conciencia de sí al colocarse frente a ella. Pero esta distancia no genera separación o aislamiento, sino una nueva y diferente cercanía, pues el humano logra, a través del lenguaje, no sólo distanciarse de la inmediatez de la naturaleza, sino vincularse experiencialmente con ella.

El signo mediador y significativo que surge entre la realidad y nosotros es precisamente el lenguaje.  Así, la palabra emerge como la expresión de la unidad que se establece entre el mundo y el sujeto.

La palabra es la formulación de la experiencia, tanto a nivel interior e individual, como exterior y social. “La palabra interiorizada se convierte en pensamiento y todo pensar humano se ejerce a través de la palabra[1]. La comunicación es la más honda de todas las experiencias, toda experiencia se vuelve comunicación, en cuanto conocimiento y apertura vital. “Así definimos al humano como ser de palabra: viviente que se sabe a sí mismo al comunicarse con los demás, sujeto de amor y palabra objetivada en un lenguaje[2].

 “Juego de lenguaje”[3]

El ser humano, en virtud de sus diferentes dimensiones y vivencias, puede hablar distintas formas o juegos de lenguaje: el lenguaje lógico-conceptual, que sirve para construir la ciencia exacta, el lenguaje poético, mediante el cual podemos crear imágenes y expresar con ellas emociones y vivencias, está el lenguaje gestual, corporal, musical. Entre todas estas formas de lenguaje también está el que utilizamos para expresar vivencias religiosas y creencias personales, es decir, el lenguaje religioso.

Cada juego de lenguaje expresa un juego de vida y tiene sus propias reglas y su propia gramática, su autonomía y sus rasgos definitorios, por lo que resulta inviable analizar un juego de lenguaje desde una perspectiva externa a él. Pero hoy en día, es tal la supremacía del lenguaje científico-técnico que se ha convertido en el único patrón y modelo legítimo de lenguaje. Desde algunas ópticas educativas, sólo tiene valor y sentido lo que se puede leer e interpretar desde el lenguaje científico. Este reduccionismo lingüístico, que se percibe tan ampliamente en el ámbito escolar, conlleva graves consecuencias para aquellos saberes humanistas como la religión, la filosofía, la poesía, la oratoria, etc, que se convierten así en áreas residuales de la historia.

La experiencia religiosa y su lenguaje se producen en otro plano completamente distinto al de la ciencia, va más allá del lenguaje cotidiano y de la razón, lo trasciende. El lenguaje religioso habla del sentido último de la existencia, de lo oculto, de lo inefable y, por ello, es parabólico y simbólico. Pero el mejor lenguaje para ahondar y expresar el Misterio no es la palabra, sino el silencio (hemos recalcado ya en otras propuestas la importancia de trabajar la experiencia y el lenguaje silente en el aula). Más aún, la expresión real y profunda de lo religioso no radica en las palabras o en el silencio, sino que está en la vida misma, en el testimonio existencial.

Reto educativo

Una de las tareas centrales de la acción educativa será desarrollar todas posibilidades lingüísticas de la persona. En este sentido, la aportación de la enseñanza religiosa es fundamental, pues acompaña al educando a comprender el sentido y la riqueza del lenguaje simbólico, mitológico y litúrgico. El reto que tenemos los profesores de religión es doble:

  • Saber expresar la riqueza y la multidimensionalidad del saber religioso.
  • Conocer las circunstancias de nuestro alumnado para conectar el mensaje cristiano a su realidad lingüística y vital.

Para ello resulta imprescindible, por una parte, conocer bien la experiencia religiosa y su lenguaje y, por otra, escucharles para entender qué les sucede, cómo es su mundo, sus inquietudes, sus interrogantes y los instrumentos lingüísticos que dominan. Son muchos los alumnos que dicen no entender las formulaciones religiosas, que les cuesta comprender y expresarse a través de un lenguaje simbólico.

En este sentido, apuntamos dos posibles causas que, a nuestro juicio, pueden motivar tal dificultad:

  • Por una parte, descubrimos cada día que los niños y adolescentes se comunican de un modo diferente al de los adultos. En general, tienen serias dificultades para expresar correctamente sus sentimientos, recuerdos y deseos. Nos encontramos con una generación que ignora muchas de las reglas elementales de la gramática y de la sintaxis.
  • Por otra parte, los humanos no sólo usamos diferentes “juegos de lenguaje”; también se dan muy distintos “idiomas culturales” o paradigmas, cuyas diferencias se acentúan a medida que se suceden las épocas históricas.

El sacerdote y sociólogo Enrique Martínez Lozano nos ofrece una interesante reflexión al respecto[4]: Un ‘idioma cultural’ es un filtro, un marco, a través del cual vemos la realidad. Porque nuestro acercamiento mental a lo real nunca es neutro ni inmediato, sino condicionado o mediado por aquel ‘idioma’ que tenemos internalizado […] de manera que todo acercamiento mental a la realidad y toda afirmación racional son deudores de un paradigma determinado.” Los paradigmas se suceden unos a otros y es necesario aprender y ejercitar un gran respeto hacia los diferentes “idiomas culturales” que hablamos las personas. Desde este punto de vista, es fácilmente comprensible que textos escritos en un paradigma ya superado resulten hoy carentes de significado para quienes se encuentran en otro muy distinto.  Por esta razón, los textos religiosos escritos hace cientos o miles de años, en un paradigma “premoderno” necesitan de una “traducción” si queremos que sean “significativos” para quienes han nacido en una cultura “postmoderna”.

Martínez Lozano avanza todavía más y afirma que en el momento histórico en el que nos encontramos, no se ha producido sólo un cambio de paradigma, sino que parecen incubarse otros dos cambios de mucha envergadura: en el “nivel de conciencia”, pasaríamos del nivel racionalista al transpersonal y en el “modelo de cognición”, pasaríamos del modelo dual (mental, egoico, cartesiano) al no-dual (transmental, transegoico)[5].

Desde esta perspectiva, el reto es enorme: ¿Cómo hablar hoy de Dios a los niños y jóvenes? ¿Cómo expresar el mensaje cristiano, cómo “traducir” los textos bíblicos, desde el paradigma de la postmodernidad, en un nivel de conciencia transpersonal y en un modelo de cognición no-dual? ¿Es éste el camino por el que avanzar?

Lo que está claro es que tenemos que estimular en los niños y jóvenes una actitud de búsqueda admirativa, reflexiva y contemplativa. El objetivo final no es que escuchen nuestras palabras, sino que experimenten la Palabra, que se sientan interpelados por ella. Los profesores somos intermediarios, encargados de crear aquellas situaciones educativas que posibiliten (o al menos no obstaculicen) un encuentro interpersonal con el Misterio.

Las actividades que proponemos en el apartado práctico giran en torno a dos líneas de actuación que consideramos básicas para ayudar a nuestros alumnos a caminar las palabras para descubrir y entender en ellas la experiencia religiosa:

  1. El diálogo: descubrimiento compartido de la verdad: Fomentar el diálogo en la clase de religión puede ayudarnos a despertar en nuestros alumnos aquello que llevan dentro y disfrutarlo en común.
  2. La literatura: proceso de recuerdo y creatividad: La literatura siempre ha guardado un espacio central para hablar de Dios. A través de ella podrán comprender mejor el proceso de búsqueda de Dios del ser humano, sus vacíos, angustias y esperanzas.

[1] TORRALBA, F.: Inteligencia espiritual. Plataforma, Barcelona, 2010. Pág. 30.
[2] PIKAZA, X.: El fenómeno religioso. Trotta, Madrid, 1999. Pág. 33
[3] L. Wittgenstein acuñó la expresión juego de lenguaje para referirse a las distintas formas que el ser humano tiene para hablar sobre la realidad. WITTGENSTEIN, L.: Investigaciones filosóficas. Crítica, Barcelona,  1988.
[4] MARTÍNEZ LOZANO, E.: ¿Qué decimos cuando decimos el credo? Un Lectura no-dual. Desclée, Bilbao, 2012.
[5] El primero opera a partir de la dualidad inicial que la mente establece: sujeto/objeto, “el que conoce” frente a “lo conocido”. Este modelo, ha dominado todo el pensamiento occidental y se caracteriza por considerar que la individualidad es el valor más alto y que la razón es el modo supremo de conocimiento. El nivel de conciencia transpersonal integra y trasciende la mente y el yo, incluyendo otro modo de conocer previo a la razón. No se menosprecia la razón para exaltar lo irracional; sencillamente, se la reconoce en su lugar, sin absolutizarla.

Acerca de Isabel Gómez Villalba

Profesora de Religión en I.E.S. Miguel Catalán e I.E.S. Virgen del Pilar de Zaragoza. Coordinadora de la Comisión de Innovación Pedagógica de la Delegación Episcopal de Enseñanza de Zaragoza.
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