Introducción teórica

La belleza es clave del misterio y llamada a lo trascendente. Es una invitación a gustar la vida y a soñar el futuro.  (Juan Pablo II, Carta a los artistas)

 La percepción humana de la realidad no es neutra, sino subjetiva e individual. La realidad es la misma para todos, pero cada ser humano la percibe y valora según su formación personal, su estado de ánimo y su situación vital. En la anterior propuesta “Despertar la sensibilidad”, veíamos cómo la experiencia sensible, es la puerta o vía imprescindible de todo conocimiento, incluido el conocimiento de Dios y analizábamos ese acceso a lo real, con sus obstáculos y sus antídotos. Ahora, se trata de avanzar un paso más, descubriendo en el cultivo de la experiencia estética una manera de configurar una personalidad profunda, abierta e integradora.

Pero ¿qué es la experiencia estética? Es una vivencia específicamente humana, que consiste en experimentar la emoción, el asombro y el deleite ante el milagro de la existencia. Se relaciona con la percepción de la belleza de la realidad y está íntimamente vinculada con la capacidad contemplativa del ser humano.  La contemplación es una actividad humana que parte de los sentidos, pero los trasciende, va más allá del plano de la percepción, de lo inmediato. “La contemplación no es la mera visión, tampoco es la observación. Es ser receptivo a la realidad, ensanchar los poros de la sensibilidad para captar el latido de  la realidad exterior, para conectar con lo que se oculta en ella, con ese trasfondo invisible a los ojos. Exige la máxima transparencia, la voluntad de abrazar todo lo que hay en ella; consiste en sumergirse en ella, desposeyéndose[2]. Sólo quien aprende a contemplar, a saborear la realidad, puede descubrir la belleza y vivir intensamente la experiencia estética.

¿Es posible cultivarla? La experiencia estética puede y debe desarrollarse mediante la educación. No se trata de incluir nuevos contenidos en nuestro currículo, sino más bien lo contrario: ofrecer en nuestras aulas un espacio y un tiempo para aprender a contemplar. Ello requiere primar en nuestras programaciones didácticas la calidad y profundidad de contenidos, frente a la cantidad y superficialidad de los mismos. La educación estética requiere el cultivo de la visión, el aprender a ver. Entre nuestro alumnado nos encontramos con distintas sensibilidades y capacidades receptoras, en este sentido, nuestra acción educativa debe desarrollarse de un modo singularizado y personalizado. “Cuando uno trata de educar en los valores estéticos, la cuestión no es definir conceptualmente la belleza o la fealdad, sino ayudar al educando a descubrir por sí mismo, la experiencia de la belleza, de lo sublime. Y eso sólo puede hacerlo quien vive esa experiencia en propia piel y se expone a sí mismo[3].

¿Por qué educar la experiencia estética en la clase de Religión? Porque es un tipo de vivencia trascendente que transforma al ser humano. Es una acción clave para comprender el sentido de la existencia y un itinerario de acceso a Dios. Por lo que no podemos desatender el cultivo de semejante vivencia espiritual en nuestras aulas.

La vía de la belleza (…)  puede abrir el camino de la búsqueda de Dios y es capaz de disponer el corazón y el espíritu para el encuentro con Cristo, que es la Hermosura, que es la Santidad encarnada ofrecida por Dios a los hombres para su salvación”.[4]

Educar este tipo de experiencia supone sondear un camino en el que podemos distinguir tres fases[5]:

  1. Ayudar a nuestro alumnado a explorar la belleza de la realidad exterior, de la naturaleza. Ya tratábamos esta categoría en “Vivir desde la naturaleza para sentirnos acompañados” y en “Despertar la sensibilidad”.
  2. Educar la experiencia estética no sólo requiere el cultivo de la sensibilidad para distinguir lo bello de lo feo. Debemos facilitar la ampliación del concepto de belleza, ayudando a comprenderlo no sólo de modo formal y exterior, sino también interior. Es ayudar a descubrir la belleza interna de todo cuanto existe y advertir que también en las cosas que aparentemente resultaban feas hay belleza.
  3. Es necesario iniciar a nuestro alumnado en lo que L. Wittgenstein denomina el milagro estético. “El milagro estético es la existencia del mundo. Qué exista lo que existe[6]Darse cuenta de que lo que es realmente bello es que el mundo sea, podría no haber sido, pues no tiene la razón de ser en sí mismo. El descubrir que el mundo está, gratuitamente, ahí y yo existo para contemplarlo y gozar de él, debe ser motivo de alegría y plenitud. Juan Pablo II en la Carta que escribe a los Artistas nos recuerda que “ante la sacralidad de la vida y del ser humano, ante las maravillas del universo, la única actitud apropiada es el asombro”. Gracias a este entusiasmo, el ser humano puede superar las vicisitudes de la vida. Precisamente en este sentido se ha dicho, con profunda intuición, que “la belleza salvará al mundo[7].

En el punto culminante de este camino se hallan vinculadas, y mutuamente implicadas, tres experiencias básicas que sólo el ser humano puede gozar en su interioridad: la experiencia de la belleza, de la bondad y del sentido. “La belleza es en un cierto sentido la expresión visible del bien, así como el bien es la condición metafísica de la belleza[8]. La relación entre lo bueno y lo bello queda ya patente en la mirada complacida de Dios ante la creación. Al notar que lo que había creado era bueno, Dios vio también que era bello[9].

¿Cómo educar la experiencia estética desde la clase de religión? Esta vivencia trasciende el marco de la palabra, es una experiencia que sólo puede comunicarse a través de silencio. Entonces, cómo hacer perceptible, más aún, fascinante, el mundo del espíritu, de lo invisible, de Dios. El arte posee esa capacidad peculiar de reflejar estos aspectos, de acuñar en fórmulas significativas lo que en sí mismo es inefable.

“Toda forma auténtica de arte es, a su modo, una vía de acceso a la realidad más profunda del hombre y del mundo. Por ello, constituye un acercamiento muy válido al horizonte de la fe, donde la vicisitud humana encuentra su interpretación completa”[10].

Desde hace ya mucho tiempo, el profesor de religión ha utilizado muchos recursos artísticos en el aula. Hoy en día, con la presencia de las nuevas tecnologías en el ámbito educativo, se abre un gran abanico de posibilidades de proyección audiovisual que nos permiten presentar con gran calidad todo tipo de creaciones artísticas. Animamos a continuar y avanzar en esta línea de trabajo y descubrir el gran potencial que encierra la experiencia artística.

Benedicto XVI nos invita a contemplar el arte no solo como un modo de enriquecimiento cultural, sino como un momento de gracia, de estímulo para afrontar nuestro lazo y nuestro diálogo con Dios. “El arte es capaz de expresar y hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que se ve, manifiesta la sed y la búsqueda de lo infinito. Incluso es como una puerta abierta hacia el infinito, hacia una belleza y una verdad que van más allá de lo cotidiano. Y una obra de arte puede abrir los ojos de la mente y del corazón, empujándonos hacia lo alto[11].

Las obras inspiradas en la Escritura son un reflejo del misterio insondable que rodea y está presente en el mundo. “El Hijo de Dios, al hacerse hombre, ha introducido en la historia de la humanidad toda la riqueza evangélica de la verdad y del bien, y con ella ha manifestado también una nueva dimensión de la belleza, de la cual el mensaje evangélico está repleto… la palabra bíblica se ha hecho innumerables veces imagen, música o poesía, evocando con el lenguaje del arte el misterio mismo del “Verbo hecho carne”.”[12] Todo ello constituye un gran capítulo de fe y belleza en la historia de la cultura, del que nos podemos beneficiar para presentar en clase la profundidad espiritual de la experiencia religiosa cristiana.

[1] Comisión formada por: Mª Auxiliadora Conejero,  María Gómez, Isabel Gómez, Silvia Gracia, Mª Pilar Gutiez, Bernardino Lumbreras y Concha Morata. Consultora: Carmen Jalón.
[2] TORRALBA, F.: Inteligencia espiritual. Plataforma, Barcelona, 2010. Pág. 200.
[3] TORRALBA, F.: Rostro y sentido de la acción educativa. Edebé, Barcelona, 2000. Pág. 79.
[4] VÍA PULCHRITUDINIS. Camino de evangelización y diálogo. Pontificio Consejo de la Cultura (2006)
[5] Seguimos el itinerario que Torralba propone en  Rostro y sentido de la acción educativa. Pág. 80-81.
[6] WITTGENSTEIN, L.: Diario filosófico (1914-1916). Planeta, Barcelona, 1986. Pág. 145.
[7] DOSTOIEVSKI, F.: El idiota, p. III, cap. V.
[8] Carta de Juan Pablo II a los artistas.
[9] La versión griega de los Setenta expresó este aspecto, traduciendo el término tõb (bueno) del texto hebreo con kalón (bello).
[10] Carta de Juan Pablo II a los artistas.
[11] Benedicto XVI: El arte nos ayuda a crecer en la relación con Dios. Audiencia General 31 de agosto de 2011.
[12] Carta de Juan Pablo II a los artistas.
[13] PESSOA, F.: Teoría poética. Júcar, Barcelona, 1985. Pág.  149.
[14] Nos hemos inspirado en la interpretación que hace de la obra el catedrático Alfonso LÓPEZ QUINTÁS en  El poder formativo del arte. En Foro de actualidad ciencia y tecnología.

Acerca de Isabel Gómez Villalba

Profesora de Religión en I.E.S. Miguel Catalán e I.E.S. Virgen del Pilar de Zaragoza. Coordinadora de la Comisión de Innovación Pedagógica de la Delegación Episcopal de Enseñanza de Zaragoza.
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