Introducción teórica

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8)

Uno de los grandes retos que se plantea el profesor de religión es, precisamente, despertar la sensibilidad de sus alumnos hacia el Misterio; hacia esa Presencia que late en la hondura de la propia vida interior, en el corazón de la realidad exterior, y en la historia compartida con los demás. Dicho con otras palabras, nuestro desafío consiste en ir despejando de obstáculos la vía por la que Dios puede entrar en la vida de nuestros niños y jóvenes.
La percepción a través de los sentidos, es decir, la experiencia sensible, es la puerta o vía imprescindible de todo conocimiento, incluido el conocimiento de Dios. La experiencia es el acceso que tiene el ser humano a la realidad y también a la realidad de Dios. Hay dos aspectos fundamentales en la experiencia: las cosas y el sujeto que las descubre y las prueba. El papel que juega este último en la experiencia es indispensable pues, como decía Tomás de Aquino, “todo conocimiento se ajusta a la naturaleza del que conoce” . Las condiciones del sujeto intervienen en el proceso de objetivación, es decir, lo real se nos presenta de distinta forma según sea la posición que tomemos ante las cosas, ante la realidad. Lo que significa, aplicado a nuestro reto educativo, que la experiencia de Dios está condicionada por la atención y sensibilidad de cada alumno. Pero hay que tener siempre en cuenta que aunque nuestro conocimiento de Dios se da desde la experiencia, eso no significa que Dios se limite a la experiencia. Dios siempre es mayor y desborda todo lo que podemos decir o imaginar de Él.
Lo que la Clase de Religión puede ofrecer, en este sentido, es un espacio y un tiempo para ir desarrollando esa atención y esa sensibilidad en los niños y jóvenes. De lo que se trata es de acompañar al alumno en el camino de acceso a lo real. Es imprescindible que conozcamos y transitemos primero nosotros este itinerario, con sus posibilidades y sus obstáculos, para luego proponer herramientas y situaciones de aprendizaje que orienten el recorrido de nuestros alumnos por sus diferentes etapas y niveles de profundidad. Distinguimos en este camino las siguientes fases:

1. Una primera etapa de apertura al exterior (experiencia empírica) que consiste en dirigir la atención, a través de los sentidos, a la realidad que nos rodea, a la superficie de los objetos.
• OBSTÁCULO: LA DISTRACCIÓN. Hay tantas cosas que se nos escapan, que están ahí y “no vemos”. Caminamos acelerados y pasamos por el presente distraídos, sumergidos en la espiral de la actividad y del pensamiento. Pasamos gran parte del tiempo en un estado de “piloto automático”, funcionando de manera mecánica y sin darnos cuenta de lo que hacemos o experimentamos. Nuestro cuerpo está aquí, pero nuestra mente se halla añorando el pasado o preocupada por el futuro, sumida en cavilaciones y obsesiones. Olvidamos atender el presente, que es el único tiempo real y cierto en el que podemos existir. Como consecuencia, perdemos muchos de los momentos que tenemos para vivir, por no estar aquí plenamente para ellos.
• ANTÍDOTO: LA ATENCIÓN. Uno de los desafíos más importantes que tenemos como personas es, precisamente, aprender a vivir el presente, despertando así nuestra sensibilidad, para poder captar la realidad profunda en la que vivimos. El camino para conseguirlo es la observación, el presente es atención. Así lo expresa Enrique Martínez Lozano: “Vivimos en presente cuando estamos, no en el pensamiento, sino en la observación. Al observar nuestros pensamientos, deseos, sentimientos y reacciones, nos vamos adiestrando en una mente observada o, como es lo mismo, tomamos distancia de nuestro yo, con lo cual ganamos en libertad e iniciamos un proceso de ampliación de la conciencia… empieza a abrirse paso una nueva identidad, que trasciende e incluye al yo, el Testigo que observa …Este Testigo, no el pensamiento, es quien puede vivirse en presente”.

2. Una segunda etapa de apertura al interior (experiencia antropológica) en la que se descubre que en toda experiencia hay una conciencia que la dirige, un sujeto que percibe y se pregunta por la realidad de las cosas y de las personas.
• OBSTÁCULO: LA DISPERSIÓN. Estamos demasiado acostumbrados a acercarnos a la realidad -tanto exterior como interior- de una manera fragmentada y dispersa. Distinguimos en ese “Testigo que observa” varias dimensiones o niveles: el sensible, el mental, el profundo, etc. El riesgo está en entender y vivir estas facetas de ese “yo” de forma separada o, incluso, antagónica, estableciendo una relación de rivalidad u oposición entre ellas.
• ANTÍDOTO: LA INTEGRACIÓN. La condición indispensable para vivir el presente es la integración personal de todas nuestras dimensiones. Integración que se consigue mediante el conocimiento de uno mismo, la aceptación, la humildad, el diálogo interno, etc. Esta unificación personal, como ya vimos en “Atender tu interior para aprender a escuchar”, consiste en sentirse a sí mismo, habitarse y descubrir que Dios habita en nosotros como Huésped interior. “Vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y está en vosotros” (Jn 14, 17b).

3. Una tercera etapa de apertura trascendente (experiencia metafísica) en la que se aprecia que las personas y las cosas son más de lo que yo percibo, la realidad desborda y excede mi experiencia, la realidad es autotrascendencia.
• OBSTÁCULO: LA SUPERFICIALIDAD. Es permanecer o situarse en el plano sensible o en el plano mental. Ambos niveles, aun siendo necesarios, no satisfacen la profunda aspiración de búsqueda humana de la fuente vital, ni el anhelo intenso de exploración de la misma identidad.
• ANTÍDOTO: LA PROFUNDIDAD Y TRASCENDENCIA. Vivir desde lo profundo de nuestro ser nos ayuda a descubrir nuestra identidad. Pero el objetivo no consiste sólo en llegar a habitar ese templo del Espíritu que somos (cf.: 1Cor 6, 19), sino que, una vez habitado, surge una segunda fase caracterizada por la necesidad de “ir más allá”. Porque la autorrealización conduce a la autotrascendencia, que es la capacidad de expandir el yo más allá de los límites de las experiencias vitales y cotidianas, es la capacidad de abrirse a nuevas perspectivas. Trascender, en definitiva, es ahondar en lo esencial.

4. Una cuarta etapa de apertura al Misterio (experiencia de Dios), en la que reconocemos los límites de nuestro pensamiento y de nuestro propio lenguaje, pues no podemos aprehender por completo la realidad. Así planteamos la posibilidad de una experiencia que deja espacio a la libre iniciativa de Dios de darse a conocer al hombre, en la propia experiencia del hombre. Pudiendo convertirnos así en testigos de tal revelación.
• OBSTÁCULO: LA AUTOSUFICIENCIA. Es ocupar todo, sin dejar espacio a lo demás. Todavía no hemos aprendido la lección del sabio Qohelet: en la vida humana hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar (cf.: Ecl 3,7b). Seguimos llenando la existencia con las propias voces, sin dejar que la voz del otro resuene dentro de nosotros.
• ANTÍDOTO: RECONOCER LÍMITES. Nuestra mente, nuestros conceptos, nuestro lenguaje, no pueden nombrar a Dios ajustadamente. Dios no es una idea, es una Presencia. “¿Quieres encontrar a Dios? Ve más allá de tus conceptos y de tus ideas … busca, en todo momento, el Presente y permanece en Él. Presente es otro nombre de Dios. Y así podemos empezar a abrirnos a Dios como el Silencio que está detrás de todo lo que vemos, la Presencia en la que somos, el Amor que nos hace ser, y fuera del cual nunca estamos ni podemos estar. Si Dios es Profundidad y Presente, las dificultades que encontramos para vivirnos en Dios no son otras que las que encontramos para vivirnos en esas dimensiones” .

5. Una quinta etapa de apertura a la acción y el compromiso (experiencia cristiana). El cristiano, por medio del don del Espíritu, experimenta a Dios en el seguimiento de Cristo. El cristianismo, más que una doctrina, es la experiencia de encuentro con el Dios vivo, más aún, es la experiencia de sentirse habitado por Otro, en una vivencia de abrazo integrador. Es una experiencia personal e intransferible, que tiene una esencial dimensión comunitaria. “Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor (1Jn 4,7-8). El verdadero conocimiento de Dios se identifica con el amor que practica el que ha nacido de Dios. Así el conocimiento de Dios pasa a ser acción, compromiso y orientación existencial.
• OBSTÁCULO: LA INDIFERENCIA, es ese estado de ánimo en el que no se siente inclinación ni repugnancia por nada ni por nadie. Es un síntoma de anestesia social que deshumaniza.
• ANTÍDOTO: AMOR EN ACCIÓN. “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Estas palabras de Jesús invitan a experimentar la unidad en la diversidad, a ser capaces de percibir que todos los seres emergen de un mismo Ser y expresan, a su manera, ese mismo Ser que los trasciende. Esta experiencia de verdadera fraternidad conduce no sólo a despertar la sensibilidad hacia el sufrimiento humano, sino también a desarrollar un espíritu crítico capaz de superar aquellos obstáculos que dificultan el pleno desarrollo de la humanidad en un mundo nuevo.
Presentamos dos actividades, una destinada al alumnado de primaria y la otra al de secundaria. En http://www.innovareli.wordpress.com, además de los materiales de apoyo, compartimos algunas experiencias que hemos llevado a cabo con nuestros alumnos y que muestran que la Clase de Religión puede ofrecer un espacio donde poder parar y observar, donde integrar las dimensiones personales, trascender, descubrir el Misterio, encontrar a Jesús…

Acerca de Isabel Gómez Villalba

Profesora de Religión en I.E.S. Miguel Catalán e I.E.S. Virgen del Pilar de Zaragoza. Coordinadora de la Comisión de Innovación Pedagógica de la Delegación Episcopal de Enseñanza de Zaragoza.
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